Autor: morabetino

Moneda medieval en Hungría. Un uso infrecuente en torno a 1437

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Las monedas medievales tienen usos distintos al medio de pago en diversas ocasiones. En esta entrada vamos a mencionar un caso dudoso en relación con unas imágenes que recogen un pequeño conjunto de moneda húngara de comienzos del s. XV. Se trata de un conjunto inusual de seis dineros insertados en un alambre de cobre. Cada una de las monedas tiene dos agujeros (con un excepción) y se trata de monedas con un escaso valor o ya sin valor liberatorio.

Se trata de un dénar de Sigismund de Luxemburgo con una cruz patriarcal y un escudo, sin marca visible y con parte de la leyenda apreciable (MONSIGIS…/REGISHUNGRIAET), cuadro quartings sin leyenda, algunos con marcas (B-ε; A-; R-S) y un pequeño disco de plata, que pudo ser una moneda desgastada.

Hay pocos conjuntos monetarios descritos de este período (Teodor MUNTEAN, “A Coin Hoard From the Time of Sigismund of Luxemburg in the Collection of the “Ioan Raica” Municipal Museum in Sebeş”, TERRA SEBVS 3, 2011) y, que pueda adivinarse, no hay ejemplares descritos con estas características.

No es posible saber la procedencia de conjunto, si bien las primeras imágenes saltaron a la luz hace ya varios años. Además, la naturaleza de las monedas, probablemente ya en desuso cuando se agujerearon y de nulo valor, permite suponer un origen en la misma región.

Se trata de monedas de poco valor estético como para servir de adorno. Además, no se han descrito ejemplares o conjuntos de ellos agujereados. Por lo tanto, la finalidad de conservarlas en estas condiciones puede servir para una finalidad ritual de difícil determinación a modo de ofrenda. En cuanto al momento, se trata de emisiones fabricadas con anterioridad a 1437 y no hay ejemplares posteriores a esa fecha, lo que nos permite enmarcar temporalmente la acción en torno a ese último año.

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Revolución francesa y democracia

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La Revolución Francesa de 1789 trae consigo la desaparición de las viejas estructuras autoritarias y la aparición de las naciones modernas, construidas sobre estructuras estatales sólidas. Uno de los aspectos fundamentales que acompañan este acontecimiento es la aparición de la democracia como forma de constituir la voluntad popular, con el inmediato antecedente de la Constitución norteamericana de 1787. El marco fundamental se integra por la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 y las sucesivas constituciones de 1791, 1793 y 1795. Su puesta en práctica no fue una labor sencilla. Como es bien sabido, Robespierre inició en 1793 una etapa en la que, con apoyo en una norma que se facilitó y que le facultaba a actuar, se persiguió la los discrepantes y que concluyó con el marco constitucional de 1795, mejorado respecto de los precedentes. Sus bien los conocidos lemas de la Revolución son libertad, igualdad y fraternidad.

Las ideas fundamentales  que inspiran esta nueva configuración política son, por un lado, la necesidad de participación política de todos los ciudadanos que reclamó Sieyes en la práctica y que traen su antecedente científico en El contrato social de Rousseau de 1762, y por otro, la precisa división de poderes propuesta en el análisis realizado por Montesquieu en El espíritu de las leyes de 1748.

El marco constitucional instaurado en la República Francesa consagró la representación indirecta por igual de todos los ciudadanos a través de electos en diferentes circunscripciones, con igualdad entre ellas. Asimismo, las constituciones materializaron la separación tajante de los poderes de legislar, ejecutar las leyes y resolver el derecho por parte de tribunales independientes.

Una de las claves fundamentales para instaurar la nueva forma política en este período fue superar la idea de democracia directa que sugirió Rousseau, cuando afirmaba que la manera de establecer la voluntad popular en una hipotética república formada por diez mil personas se limitaba a la votación de cada norma por todos los contrayentes del contrato social. En realidad, reducir la democracia al acto de votar cada cierto período o con motivo de una concreta ocasión es una equivocación por muchas razones que van más allá de las dificultades prácticas de reunir a los ciudadanos. Primero, porque la democracia (y con ello la creación de una estructura estatal fuerte que la garantice) requiere mucho más allá que el llamamiento a los ciudadanos a constituir una asamblea permanente o a prestar opiniones puntuales. Segundo, porque cada norma o decisión requiere el análisis de unos matices que deben discutirse en parlamentos, que es donde se reúnen los electos para hablar (no para quitarse la palabra o evitar que los demás se pronuncien) y valorar posadamente las consecuencias de cada actuación. Tercero, porque las decisiones requieren un procedimiento consensuado que faculte la discrepancia, en modo alguno a través de reglamentos que impidan de hecho la participación de los adversarios o en consultas ciudadanas articuladas para que sólo los partidarios de una idea intervengan de manera real y efectiva. Lamentablemente, no faltan en la historia casos de democracias simuladas, abusos y fraudes en su gestión que han generado en las sociedades heridas que ha sido difícil cerrar.

Aquellos revolucionarios ilustrados acertaron en evitar reduccionismos de la idea de democracia y superaron sus momentos más complicados. Sin duda,  la democracia es una forma de gestión de la cosa pública que va más mucho más allá de un voto a las bravas o limitado a una votación, sea puntual o periódica. Lógicamente, la democracia es al estado lo que el estado a la democracia pues lo uno no puede existir sin lo otro. Evidentemente, la democracia es incompatible con el desprecio a las opiniones ajenas y con la imposición de las propias sin dar cauce material a los disconformes. Absolutamente, la democracia es consustancial a la articulación de las reglas del juego en que deben producirse la participación de los ciudadanos y la necesaria intervención de los poderes públicos constitucionalizados. Por supuesto, la democracia exige cauces que faciliten la oportunidad de discrepancia sin señalar o despreciar a quienes divergen de las propias opiniones. En modo alguno, la democracia es incompatible con el ninguneo de los demás. De ninguna manera, la democracia es propiedad de quienes pretendan ser sus dueños.

Hispania de Antonio Agustín

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Un ejemplar de los Diálogos de medallas del aragonés Antonio Agustín sirve de base para una reflexión. Se trata de la primera obra verdaderamente científica de la numismática en castellano, publicada póstumamente en Tarragona en 1587 por Felipe Mey y probablemente la más notable en la materia del s. XVI. Inmediatamente a su publicación, los grabados fueron trasladados a Roma, donde en 1592 los diálogos se tradujeron y publicaron en italiano. Los grabados insertados en el libro procedían precisamente  de Italia y se habían encargado a Fulvio Orsini sobre dibujos de Stella. La obra se sigue publicando en Italia, España y Bélgica hasta 1744 en español, italiano y latín.

Para marcar cierta distancia, se traen a esta entrada reproducciones de un ejemplar publicado en Roma en 1592 que por otra parte perteneció a un ilustrado, también autor numismático, el valenciano Ignacio Pérez de Sarrió y Paravisino, que olvidó una pequeña anotación manuscrita sobre moneda visigoda entre las páginas y que también se reproduce. Antonio Agustín e Ignacio Pérez de Sarrió vivieron en dos momentos históricos apasionantes, marcados por la mirada intelectual puesta en la antigüedad clásica en búsqueda de los cánones de la belleza y la razón, del alejamiento de los prejuicios y de la mirada hacia el futuro desde una perspectiva tan universal como compatible con el entorno inmediato. Renacimiento e Ilustración son sin duda dos momentos imprescindibles del intelecto europeo y universal, dos grandes revoluciones culturales que comparten la mirada al clasicismo en busca de las ideas más puras, alejadas de la derivación que generan ciertas inercias desde las formas a los contenidos.

 

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Antonio Agustín es un hombre del Renacimiento en todas sos posibles acepciones, en particular en cuanto humanista y polígrafo. Como jurista buscó las fuentes del derecho tras su formación en Salamanca. Como historiador, es el verdadero impulsor de la Numismática como ciencia moderna. En ambos casos, con la mirada puesta en el mundo clásico con la visión universal y abierta propia de su tiempo.

Los Diálogos de medallas se escriben en castellano por este obispo de Tarragona, que había pasado parte de sus días en Italia, donde contactó personalmente y mantuvo una incesante correspondencia con otros estudiosos de la moneda de su tiempo. En Italia, publican sus obras en la materia Fulvio Orsini, Enea Vico, Sebastiano Erizzo o Jacopo Strada y en España le preceden en el interés por la materia Diego Covarrubias y Ambrosio de Morales, entre otros. Todos estos historiadores, también frecuentemente juristas, encuentran en las “medallas” romanas un contacto palpable con la antigüedad y lo expresan en las lenguas vulgares ahora sólidas, con pasión, modernidad, inteligencia, amplitud de miras y libertad, sin imposiciones, en la búsqueda de la cotidianidad y con la vista puesta en la comprensión de sus contemporáneos, de costa a costa, desde los habitantes en sitios remotos a los residentes en espacios inmediatos, creando el germen impreso de una cultura universal. Esta inmediata y sucesiva traducción pone de manifiesto que las lenguas, todas ellas, no son sino medios, formas de comunicar y acercar los grandes valores a los lectores y todas ellas valen, se usan, se traducen, se cambian, se disfrutan y conviven entre sí.

Es el tiempo del gran Erasmo de Rotterdam y de sus seguidores en su búsqueda de la fuente original para entender las ideas sin dejarse llevar por las interpretaciones ajenas sobre la base del buen uso de las lenguas en que las ideas se plasman. Es el momento de los defensores de un gobierno fuerte basado en el respeto de los derechos de los habitantes del reino entre los que se destacan juristas como los dominicos Francisco de Vitoria, Bartolomé de las Casas y Domingo de Soto y los jesuitas Luis De Molina y Francisco Suárez, situados todos en la esfera intelectual de Antonio Agustín.

A lo largo de sus páginas, los dialogantes pasan de hablar de virtudes y regiones a tratar de ríos y dioses, de mencionar cónsules y colonias a comentar de edificios y animales, viajando de lo general a lo particular y alcanzando las monedas hispánicas, de la provincia romana de la Tarraconense a la Bética para llegar a puerto con las inscripciones de Barcelona. Hispania se muestra como una realidad cultural de su tiempo, compatible por supuesto con otras. El libro concluye con medallas e inscripciones falsas, pues desde entonces se falsea la historia, sirviendo de ejemplo el paduano Cavino, desconocido o no mencionado por Agustín, otra figura predilecta de este blog.

Sin perjuicio de tratar este mismo libro en otras diferentes, señalar que algunas de las monedas que se mencionan en el texto pueden apreciarse en esta entrada.

El nacimiento de las naciones modernas

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La medalla precedente, firmada por Maurisset y probablemente fabricada en 1792 resume con excelente calidad los ideales de la Revolución Francesa, plena de unión, libertad, igualdad y democracia, consustancial al estado de derecho. Y representa y supone mucho más.

Vamos al principio. Los libros de historia con los que todos nos hemos formado tienen mucho de realidad y parte de ficción que debería ser más evitable. Cuando nos explican las edades media y moderna, las explicaciones se acompañan con mapas de los reinos que parten de una ficción equívoca toda vez que ni las sociedades que habitaron esos espacios son uniformes, ni los poderes políticos responden a unos esquemas tan monocromos y permanentes, ni las fronteras son lineales, reales y permanentes. Los paisanos de aquellos lugares dependen de un rey que es titular de una relación con quienes son sus súbditos. Las instituciones políticas responden a esquemas muchas veces oscuros y tienen una relación muy poco homologable con las actuales. A veces, los ciudadanos se rebelan contra señores, obispos y reyes y se enfrentan a ellos, a veces incluso los apedrean y decapitan, pero encuentran su existencia propia de derecho natural y deben soportar que exista uno sin solución de continuidad. A un rey sucede otro: “el rey ha muerto, viva el rey”. Y si no hay rey, se busca otro. A esa gente nadie les preguntaba por nada e interpretar su existencia y las relaciones con el poder de turno con los criterios políticos de la sociedad actuales es un error. Y a la inversa, debe señalarse que la nostalgia de los poderes del antiguo régimen es  un ejercicio absurdo. Aquellas sociedades no forman naciones. Aquellos hombres tienen otros valores y se relacionan entre sí de forma distinta a la nuestra. Aquellos poderes no son estado. Y esos tiempos no son los nuestros.

El verdadero cambio se produce a lo largo del s. XIX y ancla, como es sabido, sus bases a finales del s. XVIII, por supuesto nunca antes. El fundamento de la nación es el estado, con la presencia de un poder legítimo en un territorio en el que los ciudadanos son llamados a votar. La ley es el reflejo de la voluntad común y todos los poderes anclan su legitimidad en la constitución.

Las constituciones del cambio de s. del XVIII al XIX son la base pero los modernos estados avanzan con el curso ese último siglo, con la consolidación de los parlamentos, el nacimiento de los modernos poderes judiciales, la instauración de leyes de educación, de modernización de los ejércitos, de asentamiento de economías liberales, de creación de industrias modernas, de construcción de museos y culturas nacionales, pasos todos que permiten que las sociedades del antiguo régimen se transformen en naciones. Lo de antes era otra cosa. Los súbditos del rey de Francia comienzan a construir la nación francesa a partir de 1789, y de manera coetánea los súbditos de los reyes de Inglaterra tanto como los de España se constituirán en diferentes naciones a ambos lados del Océano Atlántico.

Por ejemplo, el mapa que en mis libros de joven me enseñaba el imperio español como ocupante de medio mundo en torno a 1800 era falso y ahora lo sé. En Europa, España nace tras la Constitución de 1812, mientras que en América surgen Perú, Méjico y otras repúblicas gracias a sus constituciones nacionales.

La Constitución, toda las constituciones, constituye uno de los grandes logros de la cultura contemporánea. La siguiente polvera o medalla contiene el texto de la Constitución de 1812 y se confeccionó en 1820, mostrando en el anverso la imagen del rey que en 1814 condujo a su desastrosa abolición. Restaurada en 1820, la Constitución de Cádiz constituye un trascendental avance en la concepción liberal de la política y la economía, además de una referencia ineludible en la actualidad de la igualdad de derechos, garantías e inmunidades jurídicas de todos.

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Viaje numismático a Méjico

La ciudad de Méjico cuenta con un museo numismático en la antigua casa de moneda, aunque no la original, en la que trabajó Gerónimo Antonio Gil. En la Academia de San Carlos se conservan cuños preparados por este gran grabador. Precisamente, la Academia se encuentra aledaña a la calle de la Moneda, que parte de la plaza del Zócalo de la ciudad y donde se ubicó la primera establecida en la ciudad.