Mes: octubre 2017

Moneda medieval en Hungría. Un uso infrecuente en torno a 1437

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Las monedas medievales tienen usos distintos al medio de pago en diversas ocasiones. En esta entrada vamos a mencionar un caso dudoso en relación con unas imágenes que recogen un pequeño conjunto de moneda húngara de comienzos del s. XV. Se trata de un conjunto inusual de seis dineros insertados en un alambre de cobre. Cada una de las monedas tiene dos agujeros (con un excepción) y se trata de monedas con un escaso valor o ya sin valor liberatorio.

Se trata de un dénar de Sigismund de Luxemburgo con una cruz patriarcal y un escudo, sin marca visible y con parte de la leyenda apreciable (MONSIGIS…/REGISHUNGRIAET), cuadro quartings sin leyenda, algunos con marcas (B-ε; A-; R-S) y un pequeño disco de plata, que pudo ser una moneda desgastada.

Hay pocos conjuntos monetarios descritos de este período (Teodor MUNTEAN, “A Coin Hoard From the Time of Sigismund of Luxemburg in the Collection of the “Ioan Raica” Municipal Museum in Sebeş”, TERRA SEBVS 3, 2011) y, que pueda adivinarse, no hay ejemplares descritos con estas características.

No es posible saber la procedencia de conjunto, si bien las primeras imágenes saltaron a la luz hace ya varios años. Además, la naturaleza de las monedas, probablemente ya en desuso cuando se agujerearon y de nulo valor, permite suponer un origen en la misma región.

Se trata de monedas de poco valor estético como para servir de adorno. Además, no se han descrito ejemplares o conjuntos de ellos agujereados. Por lo tanto, la finalidad de conservarlas en estas condiciones puede servir para una finalidad ritual de difícil determinación a modo de ofrenda. En cuanto al momento, se trata de emisiones fabricadas con anterioridad a 1437 y no hay ejemplares posteriores a esa fecha, lo que nos permite enmarcar temporalmente la acción en torno a ese último año.

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Revolución francesa y democracia

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La Revolución Francesa de 1789 trae consigo la desaparición de las viejas estructuras autoritarias y la aparición de las naciones modernas, construidas sobre estructuras estatales sólidas. Uno de los aspectos fundamentales que acompañan este acontecimiento es la aparición de la democracia como forma de constituir la voluntad popular, con el inmediato antecedente de la Constitución norteamericana de 1787. El marco fundamental se integra por la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 y las sucesivas constituciones de 1791, 1793 y 1795. Su puesta en práctica no fue una labor sencilla. Como es bien sabido, Robespierre inició en 1793 una etapa en la que, con apoyo en una norma que se facilitó y que le facultaba a actuar, se persiguió la los discrepantes y que concluyó con el marco constitucional de 1795, mejorado respecto de los precedentes. Sus bien los conocidos lemas de la Revolución son libertad, igualdad y fraternidad.

Las ideas fundamentales  que inspiran esta nueva configuración política son, por un lado, la necesidad de participación política de todos los ciudadanos que reclamó Sieyes en la práctica y que traen su antecedente científico en El contrato social de Rousseau de 1762, y por otro, la precisa división de poderes propuesta en el análisis realizado por Montesquieu en El espíritu de las leyes de 1748.

El marco constitucional instaurado en la República Francesa consagró la representación indirecta por igual de todos los ciudadanos a través de electos en diferentes circunscripciones, con igualdad entre ellas. Asimismo, las constituciones materializaron la separación tajante de los poderes de legislar, ejecutar las leyes y resolver el derecho por parte de tribunales independientes.

Una de las claves fundamentales para instaurar la nueva forma política en este período fue superar la idea de democracia directa que sugirió Rousseau, cuando afirmaba que la manera de establecer la voluntad popular en una hipotética república formada por diez mil personas se limitaba a la votación de cada norma por todos los contrayentes del contrato social. En realidad, reducir la democracia al acto de votar cada cierto período o con motivo de una concreta ocasión es una equivocación por muchas razones que van más allá de las dificultades prácticas de reunir a los ciudadanos. Primero, porque la democracia (y con ello la creación de una estructura estatal fuerte que la garantice) requiere mucho más allá que el llamamiento a los ciudadanos a constituir una asamblea permanente o a prestar opiniones puntuales. Segundo, porque cada norma o decisión requiere el análisis de unos matices que deben discutirse en parlamentos, que es donde se reúnen los electos para hablar (no para quitarse la palabra o evitar que los demás se pronuncien) y valorar posadamente las consecuencias de cada actuación. Tercero, porque las decisiones requieren un procedimiento consensuado que faculte la discrepancia, en modo alguno a través de reglamentos que impidan de hecho la participación de los adversarios o en consultas ciudadanas articuladas para que sólo los partidarios de una idea intervengan de manera real y efectiva. Lamentablemente, no faltan en la historia casos de democracias simuladas, abusos y fraudes en su gestión que han generado en las sociedades heridas que ha sido difícil cerrar.

Aquellos revolucionarios ilustrados acertaron en evitar reduccionismos de la idea de democracia y superaron sus momentos más complicados. Sin duda,  la democracia es una forma de gestión de la cosa pública que va más mucho más allá de un voto a las bravas o limitado a una votación, sea puntual o periódica. Lógicamente, la democracia es al estado lo que el estado a la democracia pues lo uno no puede existir sin lo otro. Evidentemente, la democracia es incompatible con el desprecio a las opiniones ajenas y con la imposición de las propias sin dar cauce material a los disconformes. Absolutamente, la democracia es consustancial a la articulación de las reglas del juego en que deben producirse la participación de los ciudadanos y la necesaria intervención de los poderes públicos constitucionalizados. Por supuesto, la democracia exige cauces que faciliten la oportunidad de discrepancia sin señalar o despreciar a quienes divergen de las propias opiniones. En modo alguno, la democracia es incompatible con el ninguneo de los demás. De ninguna manera, la democracia es propiedad de quienes pretendan ser sus dueños.