El sistema penitenciario del s. XIX

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La Penitenciaría de Lima se construyó entre 1856 y 1662, como reflejan estas medallas, dentro de una tendencia más humanizada del sistema penitenciario de su época, semejantes a las que se venían construyendo en Europa y Estados Unidos. Y al igual que conocemos otras medallas europeas, con el plano o la fachada de la institución inaugurada.

En España, estas prisiones modernas con inspiración en los modelos de Bentham las encontramos en las denominadas Modelo en Madrid (1884) y Barcelona (1904). La ciencia penitenciaria se transforma en esta época gracias a una excelente jurista: Concepción Arenal (1820-1893). Esta relevante autora, con gran influencia en los ambientes políticos y jurídicos de la época fue visitadora de prisiones y en esa condición muy crítica con un modelo penitenciario que no podía agotarse con unos edificios que mejoraran la dignidad de los internos. De hecho, en 1879, la prisión coruñesa se desplomó, matando e hiriendo a diversos presos. El interior de las prisiones era, en los términos empleados por la autora, depravado y en modo alguno contribuía a recuperar a las personas que se encontraban dentro, mezclados, los que cumplían penas severas con los provisionales, con un régimen jurídico inaceptable antes de 1882. Los funcionarios estaban mal formados y eran corruptos, dados a permitir la salida de los presos a hacer su vida por la cuidad a cambio de dinero o a exigirles favores. La autora describió en 1878 como había 93 causas abiertas contra los funcionarios por delitos de estafa, lesiones, exacciones ilegales e infidelidad en la custodia de presos. Ese año, los cinco jefes de la prisión de Madrid habían sido procesados: “si así es en Madrid ¿qué pasará en provincias?”, se preguntaba a la vez que se quejaba que para ser director bastaba ser torero (sic).

En el interior, el ambiente era deplorable, con presos de favor como el cabo de vara, que sirve de nombre a una película de 1978 cuyo rodaje en Alcalá me dejó impresionado.

El teólogo alemán afincado en Madrid Federico Fliedner (1845-1901) describe una estrambótica situación al ser detenido por no llevar la documentación. La descripción de las cárceles y sus habitantes no deja lugar a la duda. El relato, recogido con vergüenza por Concepción Arenal, generó un conflicto diplomático entre Alemania y España:

«Un paseo en la sierra Guadarrama y la reforma penitenciaria.
»El 8 de Julio, viernes, tomó un billete de ida y vuelta para El Escorial, pensando huir del calor sofocante de la capital a la montaña, y volver la misma noche. Mas el hombre propone y la Guardia civil dispone. Había pasado por el pueblo de Guadarrama y subido a lo alto de la sierra, donde se dividen las provincias de Madrid y de Segovia; desde allí divisé en el valle un pequeño caserío, es decir, una iglesia y cuatro o cinco casas, llamado San Rafael, donde me propuse tomar un vaso de vino, y luego regresar a Villalba; pero apenas había llegado, cuando un guardia civil me ordenó que le siguiera al puesto de guardias, donde fui preguntado por mis documentos. ¡Cielos!
»Había dejado en casa mi vieja cédula de vecindad, y la nueva aún no se me había traído. Les mostré mi billete de ida y vuelta, retratos de mi familia que llevaba conmigo, papeles y libritos extranjeros que había leído por el camino. La contestación era siempre la misma: «No puede usted volver; le hemos de conducir hasta Segovia.»
»Cuando, por fin, alarmado les dije que ellos eran responsables de los perjuicios que se me ocasionaran a mí y a mi familia, se incomodaron… -«Aquí no manda nadie más que nosotros. -Pero, señores… -Si habla usted una palabra más, verá usted. -Pero, señores, tengan ustedes en cuenta que mi familia me espera. Permítanme ustedes ir.» Pero apenas me acerqué a la puerta, cuando me cogieron y me pusieron esposas en las manos. Quedéme estupefacto, convenciéndome de que allí no mandaba más que la fuerza brutal; y acompañado de dos guardias fui llevado al pueblo de Espinar, una legua más allá.
»Uno de los guardias, en su precipitada furia, me había puesto tan mal las esposas, que sin dificultad me las quitó en el camino y las entregué al cabo, diciendo: ¿Cómo cree usted que puedo escapar cuando ustedes tienen armas y son dos? Así lo comprendió, y me dejó sin ellas; mas ante el teniente de alcalde del Espinar refirió que yo debía ser un criminal muy adiestrado cuando sabía quitarme las esposas con tanta facilidad. Y cuando me llevaron a la cárcel, me valió aquella acción un anillo de hierro, con que el carcelero sujetó mi pie.
»Por mi mala fortuna, no estaba en el pueblo el alcalde, que es administrador del Marqués de Perales, y, según dicen, persona inteligente; y cuando pregunté al carcelero cuál era mi destino, me dijo que hasta el martes habría de esperar en la cárcel, porque antes no había conducción para Segovia. El martes me llevarían a otro pueblo, donde permanecería encarcelado otros dos días, y el viernes sería presentado al Gobernador de Segovia. Ocho días, por lo tanto, en el camino, por haberme atrevido a dar un paseo sin cédula personal.
»Pero no fue esto lo peor; el carcelero, después de haberme registrado ante el guardia civil y habiéndose hecho depositario de mi dinero, que no llegaba a tres duros, me puso, con el anillo en el pie, dentro de la cárcel. Era un calabozo obscuro, sin ventana alguna: tan sólo en la puerta había una rejilla; no había más claridad que la que despedía una triste lámpara, cuyo aceite habían de pagar los presos. El suelo era de piedra; por la cama, que consistía en un pequeño saco con escasa paja, había que pagar dos reales; en un rincón se encontraba una vasija de hierro para el uso que se puede imaginar. Conmigo estaban allí cinco presos, uno moribundo, tísico, que estuvo postrado en su pobre lecho todo el tiempo. Allí debía pasar la noche.
»No tardó en presentarse el alcaide, mandándome salir; uno de los presos, condenado a diez años de presidio, había cuchicheado a su oído que era imposible que un caballero llevase tan poco dinero, y me mandó registrar por este mismo perillán.
»Me desnudaron, examinaron mis botas, mis medias, por si allí se escondían algunas monedas, y al ver el carcelero un pequeño cortaplumas, lo tomó diciendo: «Esta navaja es mía.»
Hasta entonces no había hablado; pero indignado de tanta desvergüenza, le dije: «¿Sabe usted cómo se llama el tomar una cosa que no nos pertenece?» En seguida se tiró a mí el carcelero: «Usted me llama ladrón. Ya verá usted»; y me dio una tremenda bofetada; y, no satisfecho aún, me cargó al anillo una cadena de hierro de catorce arrobas de peso, y con ella me encerró en el calabozo.
»Refiero la verdad llana y sencillamente, afirmando que a nadie he provocado, ni a los guardias ni al carcelero, a no ser la expresión dirigida al carcelero, porque el segundo registro me parecía infame. ¿De dónde tanto furor en los. guardias? Para mí, sólo hay una solución: querían hacerme ver que ellos eran los reyes (fueron sus textuales palabras); además, les había preguntado sus nombres: Jorge Siguera se llamaba uno, Gregorio Maestro el otro; pero el más brutal se negó a dar su nombre, y creo que la apuntación de sus nombres, haciéndoles comprender que se habían propasado y podían ser acusados por su brutalidal, les aumentó la mala voluntad contra mí. En cuanto al carcelero, no necesito otra explicación que la que recibí al día siguiente, cuando vi cómo todo el día golpeaba a sus hijas, que hace poco habían perdido a la madre.
»No voy a describir la noche entre los presos en aquel malsano y sucio calabozo, el cual me obligaron a barrer; si he de decir la verdad, por mí no sentía ninguna pena. Porque pensaba que, aunque no mi débil voz, a lo menos los hechos expuestos podrían reforzar los gritos que se han levantado ya en el pueblo español contra la manera con que los presos son conducidos de una cárcel a otra por toda España. Los pilluelos son los únicos que sacarán provecho en esta clase de conducción, que les da ocasión de robar durante el camino, como a mí me robaron el pañuelo y los cigarros; pero ¿y los enfermos? ¿los que sufren? ¿Acaso los presos no son hombres también? ¿Por qué entregarles en poder de estos carceleros, que sólo piensan en sacarles el dinero, haciendo un tráfico con el pan, bacalao y arroz, y vendiendo sus favores generalmente muy caros? Y luego, si no acceden a sus deseos, los denuncian a la Guardia civil.
»Estoy muy lejos de suponer, porque después de diez años, en que he encontrado cortesía y considaración en todas partes de España, haya caído en poder de algunos mentecatos, que esto prueba algo contra el carácter general de la Guardia civil. Pero ¿no es justo suponer que si puede ser maltratado impunemente un hombre honrado, pueden suceder, y sucederán, cosas más inicuas con los presos? Cuando en la noche del sábado llegaron conducidos trece presos, entre ellos cuatro condenados a cadena perpetua, uno de ellos contestó a los insultos del carcelero con palabras fuertes; éste quiso cargarle una cadena, pero no atreviéndose a entrar solo, llamó a los guardias. Yo oí que lo dijo uno de los guardias: «Haz lo que quieras, que ya sabes que son presos.»
»En nombre, pues, de estos presos quiero levantar mi débil voz: castíguese como es justo a los criminales, pero es una barbarie -no hay otro nombre- el conducirlos, como yo los he visto, con los pies horriblemente destrozados sufriendo fiebre y enfermedades de pecho, de calabozo en calabozo, donde son abandonados a merced de gente bárbara, que tiene la costumbre de tratarlos como si fueran brutos u otra cosa peor. ¿Y qué diré de las mujeres, con las cuales no se guarda más género de consideración que con los hombres? Vale más callar.
»Entiéndase bien que no escribo para que se castigue a los que me han maltratado; alguna vez habían de tropezar en su camino con una persona que tiene el valor de denunciar en alta voz sus abusos. Por bien empleadas doy las dos noches pasadas en la cárcel, porque me han hecho ver en su desnuda realidad lo que de ningún otro modo me hubiera sido posible conocer: he podido apreciar de cerca y sentir en mi corazón los sufrimientos de mis hermanos presos, y quedarían satisfechos mis deseos si algo pudiese contribuir para que se vigile mejor a los guardias y el uso que hacen de su poder absoluto, y, sobre todo, si uniéndola a la de otras personas más autorizadas, que tantas veces han levantado el grito contra tamaños abusos, se pusiera fin a esta clase de conducción de presos, que necesariamente ha de engendrar tales abusos y atropellos.
»El sábado por la mañana, con el poco dinero que me quedaba, mandé un propio con una carta al Sr. Conde de Solms, en La Granja, distante de allí unas ocho leguas. El domingo, a las once de la mañana, llegó orden del Sr. Gobernador de ponerme inmediatamente en libertad, si no estaba preso por otra cosa que por indocumentado, una prueba más de que no ha cometido ni el más leve desacato contra la autoridad, y si alguna vez encuentro a este señor, lo he de agradecer con un apretón de manos el que me haya proporcionado uno de los más gratos momentos de mi vida. Porque nadie siente lo que es la libprtad como el que ha estado encerrado en la cárcel. Apresuradamente recorrí las cinco leguas que me separaban de Villalba, y gracias a la amabilidad del señor jefe de estación y del conductor del tren, pude llegar a Madrid sin dinero, en un tren de coches vacíos, y reunirme, ya a medio día, felizmente con mi familia. -Federico Fliedner.»

 

 

 

 

 

 

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