Monederos de la edad Media

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La imagen que precede menciona una persona vinculada con la moneda. Es un documento compostelano del s. XIV que menciona a Domingo Míguez de la Moneda Nova. El listado completo de monederos castellanos y portugueses conocidos puede encontrarse en Emisiones monetarias leonesas y castellanas de la Edad Media publicado por Morabetino. A continuación, un extracto del libro.

Los monederos en León y Castilla

 

 

1 Claves para comprender a los monederos europeos de la Edad Media.

 

Una de las premisas fundamentales para comprender las acuñaciones parte de la comprensión de las personas encargadas de fabricar la moneda. Por lo tanto, y máxime para afrontar los métodos de las personas que desarrollaron las primeras emisiones monetarias, resulta imprescindible valorar sus conocimientos, sus métodos de actuación, su organización y su significación social partiendo de una premisa esencial cual es su origen europeo, característica que determina su propia evolución en la corona castellana, como se verá paralela a la del resto de reinos europeos.

 

Para comenzar, indicar que los monederos eran personas muy respetadas en el tiempo comprendido en este trabajo. Poseían una serie de conocimientos muy poco divulgados, tales como el manejo de los metales y el dominio de los números, transmitidos como un secreto de generación en generación[1]. Además, se trataba de personas que podríamos calificar de influyentes, desde luego con capacidad de acceder a las autoridades con poder para emitir moneda, a los que no sólo ofrecían esos conocimientos, sino que además prestaban efectivo o incluso facilitaban el metal noble.

 

  1. a) Aritmética y metalurgia.

 

El primer aspecto a mencionar en torno a las personas capacitadas para la acuñación de moneda es obvio, a saber, su habilidad en el trabajo de los metales en general, y en particular de la plata. Difícilmente puede comprenderse que la labor de fabricar moneda quedase encomendada a individuos sin este requerimiento. El tratamiento y transformación de las materias primas constituía un aspecto muy valioso, dándose la circunstancia de tratarse de una técnica muy poco divulgada, desde luego no mostrada a los contemporáneos, y que por ende debía impresionar a éstos últimos. En efecto, la habilidad para transformar mineral en metal, y otorgar a éste último un aspecto determinado, o experimentar con uno u otro, permitía envolverles dentro un cierto halo de misterio que se mantendrá incluso siglos después, cuando se buscaba la piedra filosofal que permitía la transformación de los metales en oro. A esta idea acostumbran a ser mencionados en obras de diversa índole y finalidad los nombre de Alberto Magno (1193-1280), Arnaldo de Vilanova (1238-1311), Roger Bacon (1214-1294) y Gerardo de Cremona (1114-1187). Sin duda un ejemplo significativo lo encontramos, no en un monedero, sino en el mallorquín Ramón Llul, doctor inspiratus (o alguien identificado como aquél), que invitado por Eduardo II se desplazó hacia 1312 a la torre de Londres en donde dice la crónica que transformó veintidós toneladas de mercurio, plomo y latón en oro[2]. La fuente, evidentemente dudosa en nuestro tiempo y ni siquiera suficientemente contrastada con la restante documentación de la época (con excepción de la propia efectividad del viaje), permite empero apreciar los siguientes aspectos:

  • La existencia de una reserva en la forma de trabajar del experto en metales, admitida por quienes con ellos contratan.
  • Su capacidad de contratación y la facilidad de sus desplazamientos.

Sin embargo, el conocimiento en el manejo y la transformación de los metales debe ponerse en contacto con otro saber no menos importante, el de la aritmética. Esta ciencia compagina en la Edad Media la tradición latina con trascendentes aportaciones arábigas y judías, desenvolviéndose en la península ibérica en concreto a partir de mediados del siglo XII[3]. No nos interesa empero la evolución de los aspectos teóricos de la matemática sino el factor determinante de su desarrollo y progresiva popularización, a saber, su aplicación práctica, en especial en la facilitación de las técnicas comerciales y el cambio, siendo los textos más importantes los que suceden al Liber Abacci de Fibonacci, de 1202[4]. Es precisamente en Italia donde la difusión de la matemática aplicada al comercio alcanza un mayor desarrollo, donde conocemos hasta un total de dieciséis tratados de aritmética y mercadería escritos entre 1280 y 1325, de entre los que destaca en del toscano Francesco Balducci Pegolotti titulado Practica di Mercatura[5]. En efecto, en un momento histórico en el que conviven numerosas especies monetarias se hace preciso tener las nociones suficientes para establecer las comparaciones correctas entre todas ellas.

Vamos a dejar de lado la referencia a la disciplina matemática para retornar a su relación con la fabricación de moneda. Su aplicación parece necesaria si atendemos al ejemplo siguiente. Si es preciso fabricar seis marcos de moneda con una ley de cuatro dineros y disponemos de cuatro marcos de moneda con una ley de tres dineros y un marco de plata de ley, ¿cómo establecer las mezclas?, ¿qué otro material será preciso?, ¿sobrará plata?. La contestación a estas preguntas requiere de unas dosis mínimas de cálculo matemático. No es casual por ello que uno de los textos europeos más antiguos sobre la práctica de la fabricación de moneda, el anónimo Libro que enseña a ensayar cualquier moneda (Apéndice 1, documento 7.1) se encuentre encuadernado en unión de un Libro de Arismética, que es llamado alguarismo, ambos en la Biblioteca de la Colegiata de San Isidoro de León[6], seguramente compilados por un ensayador que operaba en la corona castellana en el siglo XIV o incluso con anterioridad.

 

Recuperando los datos expuestos hasta este momento, es preciso subrayar que la Matemática en los siglos X al XII se encuentra poco desarrollada, cabiendo pensar que los cálculos se practican de una forma sencilla en casi todos los casos. Al mismo tiempo, se trata de una ciencia (tal nombre es en realidad demasiado ambicioso) muy poco divulgada en la sociedad, resultando muy limitado el número de personas que la empleaban, vinculándose su empleo, y esto es apreciable fundamentalmente a partir del siglo XIII, al desenvolvimiento de actividades prácticas. Pero además, es imprescindible recalcar que quienes fabrican moneda precisan de forma inexorable de su empleo.

 

Sin embargo, deben apuntarse en este apartado otros aspectos que permitan completar su mínima formación en la platería y aritmética. En concreto, las funciones que ejercían en el mercado al margen de las propias de la fabricación de moneda, su ubicación permanente o temporal en la ciudad donde se instala el taller y los fundamentos de su organización.

 

  1. b) Moneda y cambio.

 

Un interesante documento francés de los años centrales del siglo XI nos aporta una clave de las funciones a las que estaban acostumbrados a realizar, al referirse a la concesión simultánea por parte del titular del ius monetae de la moneda y del cambio en estos términos: monetam et monedhatgium et cambitum totius episcopatus[7]. De su lectura podemos destacar varios aspectos, consistiendo el primero en la equiparación aparente entre los términos moneda y cambio, que encontramos reproducida en un documento equivalente expedido en Ponthieu en el año 1186 en el que se menciona monetam nostram et cambitum in omni nostra terra[8]. Un caso semejante lo encontramos en la Inglaterra del siglo XII, en donde la expresión cambium no se emplea únicamente para designar los intercambios entre distintas especies monetarias sino también a las propias casas de moneda reales en un uso que persistirá al menos hasta 1279[9].

 

La relación entre ambos términos no puede limitarse a los extremos puramente semánticos coincidentes entre uno y otro, sino que nos conduce a la idea de la equivalencia entre las funciones de acuñar y de cambiar las especies monetarias, cuando menos en Inglaterra y Francia en los siglos XI y XII. En definitiva, las funciones de cambiar los distintos especímenes monetarios se compaginaban con las de la labra de la moneda oficial en un determinado punto y lugar. De esta manera, en relación con la casa de moneda anglosajona de Winchester en los años previos a 1110, Metcalf ha sostenido que cada monedero era, además, cambista, al exponer que los particulares acudían a la moneda de su ciudad con metal amonedado en el extranjero o desmonetizado o bien con lingotes y recibían numerario vigente a cambio de la tasa correspondiente[10].

 

Un ejemplo semejante se nos presenta en la península ibérica, en concreto en la ciudad de Barcelona, en donde encontramos documentos fechados entre los años 1018 y 1035 y que se refieren a un prestamista y orfebre judío llamado Bonhom que elaboró en esas fechas mancusos de oro. Esta actividad fue repetida entre 1069 y 1070 por otro prestamista también judío llamado Enees[11].

 

Puede deducirse que las amonedaciones medievales se realizan por monederos cuya labor será, además, la de facilitar el cambio, situación que se mantendrá al menos hasta el siglo XIII. Este aspecto permite deducir una importante cualidad de los monederos, a saber, su capacidad para tratar con las autoridades emisoras en unas condiciones inmejorables.

 

No obstante lo anterior, más adelante se tratará del momento y las circunstancias en que los oficios de cambiador y de monedero son diferentes en la corona castellana.

 

  1. c) Entre el asentamiento y los desplazamientos.

 

Un tercer aspecto a tratar al referir las notas esenciales de los monederos europeos lo encontramos en su relación con la ciudad en la que prestan sus servicios. Metcalf señala al respecto que en cada ciudad inglesa del siglo XI se podía encontrar al menos un monedero de quien adquirir monedas recién acuñadas por su parte[12]. Del mismo modo, Barcelona contaba en ese período con monederos aparentemente vinculados de forma permanente con la ciudad. Así, la documentación del período refiere los siguientes nombres[13]:

 

  • 1014 – Guifré
  • 1056 a 1058 – Marcucio Fredal, Bonifili Fredal
  • 1066 – Bonifili Fredal, Berengarius Adrouario, David Hebreo
  • 1114 a 1128 – Gullielmus Bernat, Petrus Bernat

 

De estos datos destacamos la repetición de alguno de los apellidos, casos de Fredal y Bernat, que informan de una relación de parentesco posiblemente ligada con una mínima tradición en el ejercicio del oficio de amonedar y cambiar, de un modo muy semejante al evidenciado en otros puntos geográficos como Inglaterra[14] o Milán[15].

 

No obstante, además del establecimiento o la vinculación permanente de muchos monederos con determinadas ciudades, la documentación de la época permite afirmar, cuando menos en la Francia de los siglos XI al XIII, que la instalación de un taller monetario en un determinado punto requiere no sólo de la voluntad de la autoridad emisora, sino también del común acuerdo de ésta con los propios monederos, en realidad los oferentes de un mercado de demandantes poderosos, pudiendo elegir entre las mejores ofertas el desplazamiento temporal o definitivo para el batimiento de la moneda cuya elaboración les es encargada[16].

 

Además, nuevas razones parecen confirmar el planteamiento sobre el carácter ambulante de al menos una parte significativa de los monederos de la época, a saber, por un lado la semejanza formal que presentan algunas emisiones desarrolladas en distintas ciudades dentro del mismo período, y por otro lado el empleo de una misma tecnología y jerga propia común. Por lo que se refiere a la semejanza formal de las piezas que nos han llegado, cabe afirmar que las monedas europeas occidentales de los siglos X al XII presentan unas características formales homogéneas dentro de la disparidad de estilos con que son fabricadas, traduciéndose en ejemplares de tamaño, grosor y peso próximos entre sí y al tanto muy distintos del numerario contemporáneo producido en otras regiones. Este preciso aspecto nos acerca al siguiente comentario, el numerario producido permite entrever el empleo de una técnica de acuñación caracterizada por el uso de unos aperos y forma de trabajo indudablemente emparentados de los que se dará cuenta más adelante. Baste decir en este punto que la terminología empleada en la documentación de la época revela expresiones comunes en distintos puntos geográficos del occidente europeo[17]. En realidad, el fenómeno no se limita al momento histórico reflejado en el presente epígrafe, de hecho la transferencia tecnológica se presenta como un dato objetivable a lo largo de toda la Edad Media europea.       Esta relación se muestra aún más precisa en la comparación de estilos muy próximos entre monedas emitidas por talleres ubicados en ciudades próximas.

 

Dentro ya del siglo XIII puede añadirse la presencia de algunos monederos foráneos en talleres monetarios europeos. Tal es el caso, en Inglaterra[18], en concreto, en 1279 en la ceca de Londres[19] y en 1292 en la ceca de Canterbury[20] se mencionan ensayadores florentinos.

 

En estas condiciones, y regresando de nuevo al siglo XI, puede afirmarse que la fabricación de moneda no es sino un negocio que une a emisores y monederos que deciden elaborar de forma normalmente puntual una concreta emisión monetaria, negocio que será más fácil para todos cuando el domicilio de los monederos coincida con la sede del emisor, pero que en otras ocasiones requerirá una búsqueda por parte de la autoridad y una elección entre las mejores ofertas de aquellos que residen en puntos no muy lejanos. Así pues, el titular del derecho de acuñar moneda podrá en abstracto acudir al taller donde el monedero trabaje o bien solicitar de éste su desplazamiento a su propia sede a los mismos efectos, siempre que cuente con un lugar que reúna las condiciones necesarias para la fabricación de moneda.

 

  1. d) Los distintos componentes de la compañía.

 

La documentación europea anterior al siglo XIII se refiere bajo el nombre común de monetarii, a un experto metalúrgico, a un acuñador, a cualquier trabajador de la ceca e incluso a las  personas encargadas del cambio de monedas. Debe empero distinguirse entre aquellos casos en que la casa de moneda es ocasional y local de aquellos en que la misma, fija o desplazada, se dedica de una manera específica a la labra de moneda.

 

En el caso de Barcelona, donde los talleres se sitúan en locales de pequeño tamaño, la documentación conocida[21] refiere la existencia de monetarii en los años 1014, 1056, 1058, 1128, 1153 y 1161 para referirse inicialmente a las personas que asumen con el conde la labor de fabricar moneda a través de la suscripción de un contrato de arrendamiento, sin que sea posible distinguir entre el encargado y sus propios empleados a los efectos de su denominación.

 

Sin embargo, en otros puntos de Europa se distingue entre los monederos a los llamados magistri monete, caso de Pavía y Milán en el siglo X[22], en un sistema que se desarrollará en Francia a lo largo de los siglos XI y XII, siendo detectados en el año 1174 en Melgueil, una de las casas de moneda más importantes del período.

 

De esta manera, los monetarii conformarán el personal más capacitado, seguramente el más preparado en el trabajo de la plata, en la realización de los cambios y en el manejo de los aperos más complicados en la labor de la moneda, preparando los cospeles y aplicando los cuños. De entre ellos comenzará a distinguirse progresivamente en la Europa occidental el cargo de magistri para referirse al personal más cualificado, las verdaderas cabezas del negocio.

 

La especialización que implica esta nueva forma de organización distinguirá en Italia en torno a 1200 cargos entre los que se encuentran los siguientes: fonditores, fusores, alligatores, overarii, laborantes, taliatores, afilatores, amendatores, addirizzatores, inblanchiatores, monetarii, affioratores e intagliatores[23].

 

En el caso inglés, tras la organización monetaria ocurrida para la emisión de 1279, en la ceca de Londres encontramos tres magistri monete, dos custodes cambii, un assayator y un clericus cambii[24] en un documento que establece las funciones de cada uno y establece el deber de vigilar con varias llaves el material de trabajo, en una estructura que se repite con enormes semejanzas en las restantes cecas inglesas coetáneas[25].

 

Para finalizar con este apartado, puede añadirse que en las casas de moneda locales y en las de tamaño reducido la función de acuñar pudo ser asumida por un monedero, que encargaría determinadas labores a personal menos cualificado ligado con él de una manera estable o sencillamente ocasional. Del mismo modo, en las de mayor tamaño, conformadas por magistri y monetarii, emplearían personal subalterno para las labores más mecánicas. De hecho, en especial a partir de 1174 las fuentes documentales comienzan a distinguir en la Europa occidental entre monederos y obreros, dedicados éstos últimos a preparar el flan[26].

 

Para concluir en este apartado, indicar que con el paso del tiempo los monederos irán organizándose en cofradías, como las conocidas en los reinos de León, Castilla, Aragón o Navarra, hecho que se tratará más adelante.

 

  1. e) La importancia social.

 

La documentación europea posterior al siglo XIII es uniforme en lo tocante a la existencia de una serie de privilegios propios de los monederos en general tales como la exención de pago de impuestos, del servicio militar y de la jurisdicción ordinaria, el reconocimiento del carácter hereditario de la función y la creación de cofradías. Algunas de estas prerrogativas, documentadas en Barcelona en 1208[27], París en 1225, Lyón en 1244 o Melgueil en 1263, han sido buscadas en los tiempos de la escisión del imperio romano[28].

 

La consecuencia es clara, esto es, exclusivamente quienes tienen una presencia social reconocida pueden hacer valer estos derechos en la Edad Media; además, sólo a través de estos privilegios se garantiza la posición que los hace valer. En efecto, no nos encontramos con artesanos o comerciantes, sino de una clase social destacada, una verdadera “aristocracia del dinero”, endogámica en su funcionamiento[29], y que adquiere un enorme beneficio económico de la ausencia de moneda. El proceso de sus ganancias se basa en la atomización del poder real, con la consiguiente cesión del monopolio de acuñar moneda, por un lado, y la ausencia de metal con el que fabricar moneda, por el otro. De esta manera, la moneda se emplea por las autoridades emisoras para obligar a los súbditos a su adquisición y de esta manera obtener de ellos un beneficio. La consecuencia es que el dinero se convierte en caro porque es raro, a la vez es raro porque es caro. Los monederos, que obtienen su beneficio en la especie acuñada en proporción a su trabajo, logran a través de este sistema procurarse dinero contante cada vez más valioso en una economía progresivamente menos monetizada[30]. R. S. Lopez ha defendido que los monederos adquirían hasta una sexta parte de las monedas acuñadas o una doceava parte del metal cambiado, dejando el conocido caso del abuso de la usura aparte, en distintos momentos de la Edad Media europea[31].

 

En algunos casos nos consta que determinados monederos poseían grandes fortunas de la época, al menos, gozaban de un nivel de vida muy acomodado, más especialmente al final de la Edad Media. Son los casos de un monedero anónimo que alcanzo el grado de caballero en Nüremberg a mediados del siglo XV y que ganó el derecho a tener una tumba diferente a la del resto de los difuntos en la iglesia de Johannisfriedhof, a través de una marca que se recuerda como Ritter Münzer (caballero monedero), o la del reconocimiento social de los monederos alemanes Hyeronimus, gran viajero de le época, y Thomas, teólogo a la sazón. Añadir que en Malmoe, Suecia, otro monedero se edificó una capilla. Posiblemente uno de los personajes más conocidos sea Jaques Coeur, comerciante, prestamista, encargado de las finanzas de Carlos VII de Francia a partir de 1440, perseguido y detenido y finalmente fallecido en uno ataque contra los turcos promovido por el Papa en 1454. Una vista a su palacio, abierto al público en Brujas, da cuenta de la riqueza.

[1] Al respecto, Travaini, 2003, p. 25.

[2] Bolton, 1890, pp. 8-9. La fecha de este acontecimiento no es pacífica, de modo que Caron-Hutin, 1998, p. 59, lo sitúan en 1327, muerto ya el mallorquín, entendiendo que el artífice sería una persona que se pasaría por aquél. En efecto, estos últimos autores destacan el carácter apócrifo de muchas de las fuentes, que dejan entrever determinados signos mágicos que acompañarían al poseedor de la piedra filosofal, que gozaría del don de la inmortalidad, propio de leyendas que acompañan a alquimistas de la misma época, como Nicolás Flamel. Llul no es el único alquimista hispánico. Pueden señalarse las obras de Roberto de Chester, De compositione alchemiae, 1144, y las elaboradas por anónimos hispanoárabes del siglo XII De aluminibus et salibus, Liber luminis y De anima, atribuida esta última a Avicena. En la corona aragonesa del siglo XIV encontramos además a Arnaldo de Vilanova (ca. 1240-1311) y Juan de Rupescissa. En la literatura conocemos otros poemas, como los considerados por Dauphine, 1983 y Miguet, 1983.

[3] Caunedo, en Caunedo-Córdoba, 2000, pp. 23-38.

[4] Caunedo, en Caunedo-Córdoba 2000, pp. 38-41.

[5] Sobre el desarrollo de la matemática comercial en Italia, Caunedo, en Caunedo-Córdoba 2000, pp. 44-51. La visión más completa es la de Travaini, 2003, con reproducción íntegra de todos ellos.

[6] Córdoba, en Caunedo y Córdoba, 2003, pp. 83-128, 215-242.

[7] Bompaire, 2000, p. 87.

[8] Bompaire, 2000, p. 90.

[9] Cook, 2001, p. 101.

[10] Metcalf, 2001, p. 60.

[11] Balaguer, 1999, p. 79.

[12] Metcalf, 2001, p. 60

[13] Balaguer, 1999, p. 79.

[14] Metcalf, 2001, pp. 59-61.

[15] Travaini, 1989, pp. 223-245.

[16] Bompaire, 2000, p. 90.

[17] Torres, 2001-1, pp. 129-150.

[18] Bompaire-Dumas, 2000, p. 509.

[19] Johnson, 1956, p. 58

[20] Mayhew, 2000, capítulo 1.

[21] Balaguer, 1999, pp. 315-321.

[22] Travaini, 1987, 223-243.

[23] Travaini, 2003, pp. 27-28.

[24] Johnson, 1956, p. 58.

[25] Ibidem, pp. 100-105

[26] Belaubre, 1986, p. 140.

[27] Torres, 2002-1, pp. 177-178.

[28] Lopez, 1953, pp. 2, 13

[29] Lopez, 1953, pp. 3, 4, 19, 20, 32.

[30] Lopez, 1953, pp. 2, 12, 18, 43.

[31] Lopez, 1953, pp. 12, 16, 17, 21. Sin embargo, el origen de este cálculo es discutible, encontrándose en un documento cuya lectura es la siguiente: de pondere de argento de duodecim in decem. De acuerdo con Travaini, 1987, p. 227, esta expresión parece referirse al contenido de plata de la moneda fabricada, no a la ganancia que restaba a los cambiadores al efectuar el cambio.

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