De cuartos y cuartillos

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Cuartos, blancas o novenes son nombres comúnmente admitidos respecto de los testimonios de algunas emisiones medievales por coleccionistas y vendedores y que encuentran su origen no en el nombre de las monedas sino en los apelativos otorgados por alguna literatura numismática bien intencionada. Sin embargo, estas denominaciones se antojan en ocasiones caprichosas y son poco respetuosas con los avances mostrados por los estudios numismáticos. El título de esta entrada no es sino la llamada de atención de uno de los supuestos más llamativos, referido a las monedas medievales castellanas, como con los que vienen después. El caso es que a las monedas de gran módulo acuñadas tras 1461 por Enrique IV y Alfonso son unánimemente denominadas con el nombre despectivo de cuartillos. El apelativo no sólo es poco respetuoso con el módulo grande de la pieza y con el estilo depurado de muchas de estas piezas, como la reproducida, procedente de la colección formada por Hungtinton al igual que las siguientes, sino que no responde a la denominación que tenían estas piezas en la documentación de la época, que atendía a su valor relativo con el real de plata cuando comenzaron a fabricarse: cuarto. Ningún documento menciona la expresión cuartillo y hasta los estudios del siglo XIX omiten una denominación que pudiera resultar errónea, siendo preciso esperar a los catálogos de finales del siglo XX para encontrar las primeras referencias con tan despreciativa denominación. Llamemos cuartos a los cuartos.

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Pero no es el único caso de denominaciones inadecuadas. Ya en los años 80 del siglo XX Antonio Orol alertaba sobre el apelativo novenes referidos a algunos dineros con orla cuadrada del siglo XIV por Alfonso XI en 1330, Enrique II en 1373 y Juan I en 1379. En este caso, la razón puede encontrar una limitada y efímera justificación: en los documentos de algunos lugares, que no de todos, se emplea el adjetivo novén para diferenciar lo nuevo de lo viejo, además, lo que en un momento era nuevo dejaba de serlo con la siguiente emisión. Lo cierto es que la documentación de la época acostumbra a llamar dineros a los dineros, con o sin este u otro adjetivo, en muchas ocasiones identificando la emisión (dineros de la guerra, dineros de la segunda guerra, seisenes, cornados, de tantos sueldos en el maravedí, etc). Llamemos pues dineros a los dineros. Y cuando procede, determinemos la emisión atendiendo a criterios históricos sin travestir, confundir o inventar denominaciones.

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Y otro ejemplo más. En ocasiones, la moneda blanqueada se le llama blanca, pero no todas las blancas responden al género femenino, caso de los blancos del agnus dei fabricados en 1385 por Juan I y devaluados a través de un “Ordenamiento sobre la baja de la moneda de los Blancos, dado en las Cortes de Briviesca del año 1387”. Llamemos blancos a estos blancos. Y hay más: las monedas de oro anteriores a Alfonso X son morabetinos, no maravedises, y los divisores de los dineros son conocidos en León y Castilla como meajas y no como óbolos. La bibliografía permite conocer con facilidad las características de las distintas emisiones, nombre de cada serie incluido.

Lo cierto es que los coleccionistas de moneda de este período son curiosos y tienen inquietud científica, leen y emplean bibliografía cada vez más documentada. A todas luces resulta deseable que los catálogos comerciales, y no digamos algunos artículos que se siguen viendo en algunas publicaciones, adapten su nomenclatura a la contrastada e incrementen el criterio científico que lleva aparejada su clasificación.

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